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Concienciar en positivo

Antes de arrancar este post he decidido consultar el significado del verbo “Concienciar” en el diccionario de la RAE y éste ha sido el resultado:

1. tr.  Hacer que alguien sea consciente de algo.
2. prnl. Adquirir conciencia de algo.

Nos ha parecido el pie perfecto para la reflexión que os proponemos. Hoy en día no son pocas las causas que requieren una toma de conciencia por parte del ser humano. Analizando las vías por las que normalmente se lleva a cabo esta “concienciación” vemos que todas llaman a la puerta del sistema límbico buscando estimular a un par de emociones; normalmente a culpa y a miedo.

Es culpa la que no te deja terminar de comer sin enviar un mensaje de texto con la palabra “AYUDA” tras ver imágenes de bebés desnutridos en la televisión. Algunas somos incapaces de terminar el plato debido al nudo que se nos ha hecho en el estómago, a otras personas la culpa les paraliza. El objetivo es claro y el mensaje hace diana en el tálamo.

Es miedo el que a veces hace que cerremos el grifo mientras nos cepillarnos los dientes o que encendamos menos la calefacción al ver el ártico derritiéndose con un oso polar flotando a la deriva. El fin justifica los medios; pero ¿el efecto perdura? ¿llega a todos/as?

Necesitamos conocer las consecuencias de nuestros actos, saber lo que sucede más allá de nuestra zona de confort. Necesitamos que los expertos, las personas trabajando en campo, nos transmitan lo que está sucediendo para reaccionar e implementar cambios. Y la forma de hacerlo pasa, como hemos visto, por conectar estos hechos con emociones. Ahora bien, ¿y si probáramos a activar emociones positivas? ¿qué pasaría si en vez de tocar el timbre del miedo fuésemos capaces de concienciar mostrando consecuencias positivas? ¿funcionaría?

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Imagen de Claudia Balasoiu / Freepik

Cuando nació ANAA educa, los centros educativos nos invitaban a dar charlas para concienciar a sus alumnos/as sobre el problema de maltrato y abandono animal. Llevábamos historias tristes con finales felices, imágenes de animales que hablan con sus ojos y un discurso que, en ocasiones, generaba rabia y culpa. Fue nuestra compañera Estela la que nos despertó: ” …no podemos decirles lo que es correcto sentir, ni tampoco juzgarles por no querer ver…..”-dijo. Y así entendimos que si nuestro objetivo era generar un cambio, teníamos que crear curiosidad, tener conocimiento y herramientas para saciarla lo justo y, por encima de todo, había que provocar reflexión.

Y así es como lo hacemos ahora. Seguimos llamando a la puerta de las emociones pero invitamos a salir a ternura, asombro, esperanza, interés, amor… A veces se asoman a la puerta rabia y tristeza y las invitamos a que se expresen y nos digan qué necesitan. Rabia necesita crear y, si se la sabe escuchar, es capaz de generar alternativas insospechadas. Tristeza es sabia y señala donde duele; necesita su espacio, como todas.

Aunque nos gustaría prescendir algún día de ella, culpa siempre se cuela por algún hueco para recordarnos que aún nos queda por aprender y que el camino se hace andando.

¿Quieres caminar con nosotr@s? Síguenos para aprender a desarrollar competencias que fomenten el pensamiento crítico en niños/as y jóvenes. No te pierdas el próximo post en el que empezaremos a conocer para qué sirven las emociones.

Sonia Callejas Martín

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